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3.10.11

Tarde en Gran Vía

La luz inconexa me deslumbra sobre la montaña descubierta caen a borbotones las hojas secas trufadas de amarillo y deshechas vencidas por las manos de agosto, de aquellos que han venido a ver la muerte. El sonido del tráfico envuelve las flores azules que se marchitan ahogadas entre los balcones fríos y altos de la ciudad ruda, vendida como sus habitantes, estrafalarios, payasos sin circo acercando sus narizotas a ventanas opacas que muestran más allá las vidas rotas de maniquíes obscenos hasta ayer vivos descuartizados y ensamblados por piezas a menudo ridículas pies pequeños cabezas grandes sin ojos ni orejas ni mirada absurdos vestidos con sus mejores galas para exhibirse sin pudor muertos de frío y ateridos en la nieve oscura de cientos de miradas perdidas.

24.4.10

El jamón

Javier miraba anonadado, no daba crédito a sus ojos. Se dio la vuelta sobre sus talones y enfiló el pasillo, al final, Adela se quitaba la ropa.

- ¿Me quieres decir como ha acabado el jamón en el cubo de la basura?
- Pues muy fácil, he llegado, lo he visto seco, sequísimo y...
- ¿Desde cuándo sabes tú algo de jamones? Pero si nunca te acercas a él parece que te da calambre y ahora vas y metes las narices solo para tirarlo, pero tú estás loca.
- El que parece loco eres tú, el jamón estaba seco, yo al menos no me lo comería .
- Vaya ya salió la exquisita, la señora ricachona, pues que te enteres que de ese jamón que has tirado en mi casa se sacan aún muchas raciones, que hay mucha hambre en el mundo.
- Sí claro, habló el pobre, el indigente, unos agarraos, eso es lo que sois en tu casa, que apurais el jamón hasta el hueso o que te crees, si algún día allí sentada en la la mesa camilla con tu madre temía que me pusiesen una ración tuétano, por Dios, si no se puede apurar tanto, si daba pena ver al pobrecito de tu padre rasca que rasca y tu madre – Antonio apura que aún se le sacan buenas lonchas – sí, sí buenas lonchas, virutas y a veces de hueso.
- Bueno, vale ya de meterte con mi madre que acabamos de enterrarla como aquel que dice, además ella lo hacía todo por ahorrar un duro y ahora, pobrecita, en dos días se nos ha ido.
- Sí, sí, vale, pobrecita, si yo en el fondo la quería, pero es que las cosas son como son y lo que es verdad es verdad. Por cierto, antes no me has dejado terminar, te decía que he visto el jamón seco, sequísimo y he llamado a tu padre para que se pasase por aquí a apurarle, como siempre y ¿sabes lo que me ha dicho? Que estaba harto de virutas de jamón y que si estaba seco que lo tirase que eso mismo iba a hacer con el suyo y que después vendría a traernos otro, pero eso sí, a partir de ahora del bueno, bueno, bueno.

14.4.10

58 bares

Zenón.
- Buenas.
- ¿Por aquí otra vez?
- Sí, hoy no tengo ganas de subir pa la plaza. Me quedaré por aquí. Oye ¿Cuántos bares habrá allá arriba?
- Yo que sé, yo no subo y menos a los bares, ya tengo bastante con atender a éste.
- Hombre, pero más o menos.
- Más o menos... como seis.
- Pues eso, prepara seis rondas.
- ¿Y por qué nos subes?
- La puta de la pierna, cada vez que llueve ni bastón ni , es un dolor que me entra por el hueso y baja a la rodilla que deja pal arrastre.
- Quizá no deberías salir de casa.
- Quita, anda ponme de beber, cocacola, light. Desde el ataque ni el azúcar puedo catar.
- ¿Sola? Se te va a hacer larga la tarde.
- Bueno, bautízala un poco, na más para quitarle un poco el sabor.
- ¿Dyc?
- Ya lo sabes. Y si en la plaza hay seis bares ¿en todo el pueblo? La de ellos que habrá, de joven salía todos los días y recorría cada uno antes de irme a casa, ahora no puedo pasar de la carretera pa allá, no me sostienen los zapatos.
- Toma, ¿quieres un pincho?
- ¿queda magro?

La luz del sol de la tarde entraba por las cristaleras ahumadas por años de servicio. El viejo, de espaldas, bebe sin prisas y piensa mirando a sus pies, levanta la vista y alarga su mano al plato que le ofrece el camarero.

- Cincuenta y ocho.
- Cincuenta y ocho ¿qué?
- Bares, cincuenta y ocho bares, con el último que han abierto, a ver si un día de estos voy a conocerlos.

    10.3.10

    Proyecto gran Simio

    El gran simio se rascaba la axila derecha con la mano izquierda mientras observaba el día que le esperaba. El sol salía tras la neblina, parecía de atrezzo, ni amarillo, ni naranja, era de un color parecido al del vómito de una cría que solo se alimenta de leche.

    Tras la axila le tocó el turno a la nariz, con movimientos concienzudos pudo obtener, al fin, lo que buscaba, entonces, a su derecha se situó una hembra joven, miraba hacia delante, más allá el cristal que tenía delante, concentró su vista en el reflejo que le éste le devolvía y empezó a pasarse la mano una y otra vez por el pelo de la cabeza. La indiferencia hacia el macho al lado del cual se había colocado era absoluta, sin embargo éste solo hacía que observarla con ojos de curiosidad o simplemente de deseo rutinario, es decir él era una macho, ella una hembra ¿qué otra cosa podía sentir hacia ella que no fuese deseo?

    Mientras ésto ocurría, un macho joven se interpuso entre uno y otra haciendo que la atención de ella se concentrase en los cromados brillantes de la motocicleta que había situado entre los dos coches hasta justo la raya que los tenía alineados frente al semáforo. Veía como los ojos de ella se recreaban en los muslos que se vislumbraban tras los pantalones vaqueros, ante lo cual nuestro gran simio empezó a hacer aspavientos con las manos y a mover la cabeza de un lado a otro como enloquecido, la excusa: la desvergüenza de los moteros al colarse entre los coches. Fueron tantos y tan estruendosos los movimientos de nuestro mono que aún después de cambiar de color el semáforo, él seguía enfrascado, saltando en su asiento de conductor, solo los reiterados pitidos del autobús que tenía tras él le devolvió a la realidad y por fin arrancó siguiendo la estela de la moto del joven simio que había metido gas a fondo y había salido haciendo ruedas con su moto de gran potencia.

    Información sobre el proyecto.

    4.2.10

    No me fío

    - Ya, pero  ¿y si sale? en Nueva York han encontrado cosas peores en las alcantarillas. Imagínese que el vecino tonto del quinto, sí, sí, el que se dejó la porra de guardia jurado encima del coche, en el garaje, ¿no ve que tuve que ir a su casa a llevársela? Bueno, pues ese, se compra una y al mes ya no lo quiere y lo tira por el water, o los energúmenos enanos del tercero y si no la loca del segundo, esa que odia a todos y cada uno de los vivimos en la casa, esa tía que si te la cruzas en la escalera, en vez de saludar te insulta, puedo imaginarla perfectamente, tras una reunión de vecinos de la que ha salido cabreada como una mona ir directamente a la tienda de mascotas... mascotas, joder con las mascotas, pero ¿usted a visto que dientes tienen? además lo peor no es eso, es que cuando agarran ya no sueltan, que no, que no me fío , cada vez que levanto la tapa no puedo evitar pensar que me voy a encontrar a una piraña allí, nadando y boqueando en el pequeño lago del fondo del inodoro, ofuscada y buscando una salida, algo que comer o yo que sé...

    - Doctor ¿me escucha? ¿porqué me da un volante para psiquiatría? oiga doctor, no me ha escuchado nada, si yo lo que tengo, por lo que he venido aquí es por que tengo una obstrucción intestinal, ¿loco, loco yo? usted no sabe lo que dice ...

    21.1.10

    Por esos andurriales

    Tengo algunos relatos publicados en las webs de la revista al otro lado del espejo




     y en el nido del cuco, que es el tablón en internet del taller de relato del Centro de Poesía José Hierro de Getafe al que asisto


    Algunos me gustan más otros menos, otros no me acordaba que estaban por ahí, pero por lo menos ya los tengo recogidos.

    8.11.09

    El profesional

    La sangre en la nieve es más roja y no lo soporto. Los créditos de las películas antiguas pasan lentos, eso me gusta. Se pueden leer los nombres, no como ahora que todo corre demasiado, por eso hago las cosas despacio, dedicándoles el tiempo que requieren. Que cabrón, si hubiese podido habría gritado como un cerdo, pero soy un profesional, lento, pero muy profesional, por eso cuando paso el cuchillo por la garganta de alguien no se me olvida taparle la boca. La sangre ha saltado salpicando todo, incluso ha llegado hasta la televisión. Ahora, tengo tiempo, veré un rato la película: Chicago, polis buenos, polis malos y gansters, blanco, gris y negro. No soporto que la sangre manche la nieve y tampoco puedo ver las gotas brillando sobre la pantalla de plasma de 60 pulgadas, rojo sobre los grises de otra época mejor. Después, iré a comisaria, mi turno empieza en dos horas, ante todo, ser profesional.

    13.9.09

    Un globo rojo


    ¿Te acuerdas de cuando un tú y un yo sumaban un nosotros? Solíamos viajar en globo, un hermoso globo rojo. Arrojábamos a los transeúntes las flores que salían de tu sonrisa, siempre sobre aquellos que nos parecían más tristes, más grises.

    Al golpearlos en la cabeza se echaban mano rascándose la coronilla herida, luego descubrían estupefactos el capullo en el suelo, a continuación levantaban la vista y nos veían pasar alegres, carcajeando. Muchos no lo entendían y nos increpaban con el puño al aire como si fuese un cañón antiaéreo.

    A menudo pasábamos las tardes entre nubes de suave algodón, admirados del azul intenso del cielo, así nunca pisábamos la tierra, oscura y lechosa, en la que se atascaban enfangados los demás.

    ¿Recuerdas cuando nuestro globo ya no quiso volar? Fue una tarde de finales del verano, las nubes no eran blancas, sino de un color que anticipaba tormenta, abrí la espita del gas pero aquello no subió ni un palmo, fuimos a pasear, pero no era lo mismo, a mí se me llenaron de fango las botas y a ti no te gustaba la vida desde aquella altura.

    Llegó el otoño y el invierno, la primavera y de nuevo el verano pero tú tenías ya quince y no reías de la misma manera y yo, torpe, no pude remendar la lona roja de nuestro globo. Pero ¿sabes?todavía conservo una flor que no lanzamos y que hurté a la última tarde que volamos.

    7.9.09

    Cosas de familia

    El hombre al que le había crecido una pimentera en la garganta abrió la boca y se extrajo un ejemplar rojo, brillante, ideal para hacer pimentón. No era la primera vez que le sucedía algo así, otra vez tuvo kiwis en las axilas, en las dos, esperó una temporada entera con aquello en ese lugar tan incómodo por ver si daban frutos, pero no, debían ser los dos machos o los dos hembras y no procrearon. Se los arrancó. Más incómodo fueron las sandías en los tobillos, el día que las recolectó sintió quitarse un gran peso de encima. ¿Las sandías? exquisitas y con pocas pepitas.

    Al principio a sus vecinos y compañeros de trabajo les sorprendía, incluso horrorizaba verle aparecer con lechugas en la cabeza, un pino en el hombro o un clavel reventón en el pecho; pero, al final se acostumbraron y decían,
    - ya sabes, son cosas de Damián.
    Y si en aquel momento tenía algún fruto maduro no dudaban en tomarlo tirándole del pelo, incluso entablaban discusiones sobre si tal o cual cosecha la tuvo más jugosa o más dulce.

    A mí no me extrañó en absoluto esta curiosa facultad, al fin y al cabo, su padre, que en paz descanse, del que yo anduve enamoriscada, antes de que le mandaran a la guerra para no volver nunca, cada dos por tres le crecían nidos de pájaros cantores por cualquier parte y juntos, pájaros y hombre entonaban bellas canciones, así claro, se llevaba las mozas de calle. Lástima que uno de esos trinos le delatase en una ofensiva en el frente de Madrid y un tiro, según cuentan, le abrió la cabeza dejando a los pájaros sin nido, volando alrededor de él, incluso cuando le enterraron tuvieron que espantarlos a tiros y aún así les costó trabajo. Pero, esa, ya es otra historia.

    30.6.09

    Solo las olas

    Aplasto con el pie mi último cigarrillo, deben ser cerca de las ocho de la tarde y el sol comienza a esconderse tras los acantilados, hacia el este, justo a mi derecha. El sol bajará como cada tarde e irá encendiendo la superficie del mar, cambiándola del azul acerado a un rojizo tenue y triste como una despedida. Tras siete días viendo lo mismo, varado en esta playa a la que llegué tras abandonar aquel barco, sé perfectamente como se mueven los astros sobre el mar.

    Sigo igual de solo que cuando llegué, náufrago solitario en una playa lejana de arena blanca y clima envidiable, pero solo. Las olas, tercas, se empecinan en volver una y otra vez, pretenden saltar a la playa y apenas consiguen lamer el borde, humedeciéndolo.

    El contacto humano se limita a las colillas que me rodean y a los botes de refresco que los vendedores se empeñan en venderme. A mi alrededor, las familias dormitan bajo las sombrillas y los posibles objetivos de mi charla pasean ignorándome o se tuestan concienzudamente al sol.

    Mis vacaciones se han pasado, vine solo y me marcharé solo. Nunca he sido habilidoso con las relaciones humanas, se me han dado mejor los paisajes y el mar. Hemos hablado largamente, primero con cautela, después nos hacíamos los encontradizos y entablábamos largas conversaciones. El mar nunca calla, siempre hay una ola esperando para traer la respuesta a tu última pregunta. Al final, nos hemos hecho inseparables, tanto, que he decidido abandonarlo todo ( es una forma de hablar, en realidad no tengo nada ni nadie que se de cuenta de mi ausencia). Esta noche, cuando en la arena solo se oigan los gemidos apagados de los amantes furtivos y el sordo rumor de las olas diciéndome:
    - ven, ven con nosotras, sumérgete.
    Me adentraré desnudo y me acogerá con un beso cálido de sus miles de lenguas de espuma, así nunca volveré a estar solo y podré conversar con él para toda la eternidad.

    foto de Victor Nuño

    15.6.09

    El calor y los bares


    Calor. Los bares se convierten en oasis en medio de la calima. Caminando por la calle los carteles de "local climatizado" te llaman prometiendo un mundo mejor, más fresco.

    Mientras andas, las piernas pesan y se convierten poco a poco en apéndices que se arrastran y dejan rastro en el asfalto reblandecido. El sistema de refrigeración corporal funciona a pleno rendimiento y es un asco, las gotas de sudor resbalan por los lados de la cara, por dentro del cuello de la camisa, por la pista deslizante de la columna vertebral.

    Dentro del local el clima es más amable, tras unos minutos reparadores en los que se recobran las constantes vitales, los ojos se adecuan a la escasa luz interior, en la barra después de pedir, se puede seguir el baile frenético de las camareras - ¿qué va a tomar? sí,  ahora mismo - Lavan loza, sirven cafés, tiran cerveza rematada por una coronilla blanca de espuma efímera. Los clientes habituales entablan con ellas conversaciones a diario repetidas, intercambian guiños complices propios de los que se ven todos los días pero realmente se desconocen.

    Tras agotar el refresco, tras pagar, no queda otra opción que salir a la calle, por unos minutos has podido olvidar el calor, el día de locos que llevas y la vida azarosa que tenías antes de entrar allí y la que te espera al salir. Por un momento se te pasa por la cabeza hacerte fuerte en el bar y reducir tu existencia a ese pequeño mundo sobre la banqueta, acodado a la barra de mármol. Negarte a salir, encerrarte dentro en favor de alguna causa noble, de las que hoy son asumidas como nobles, tal vez el cambio climático. Pero enseguida piensas que quizás no sea  tan buena idea al fin y al cabo, seguro que acabarían por desenchufar el aire acondicionado.

    10.5.09

    Respeto


    Que vengáis a verme así no tiene perdón de Dios, deberíais acercaros con respeto, incluso inclinando vuestras zafias cabezas ante mí. Desde que estoy aquí he visto pasar a mucha gente, pero cada vez a ido a peor. Los chicos, con suerte me ignoran, si me ven se mofan e incluso alguno intenta tocarme. con sus manos sucias, incluso hacen ademán de arrojarme algo. Los grandes pasan, me observan, se acercan, se alejan para adquirir una perspectiva más amplia y cuando se van, susurran entre ellos palabras mordaces, lanzando miradas repletas de risas contenidas. De buena gana iría tras ellos, no para oír lo que dicen, no, eso ya me es indiferente, sino para reconvenirles, para explicarles quien he sido yo, saltaría tras ellos para poder así llegar a su altura y poder gritarles cerca de sus estúpidas caras que yo hacía reír al rey, a las infantas. La corte entera celebraba mis gracias, no se reía de mi aspecto sino de mi ingenio. Incluso Velázquez me pintó, a mí y a otros como yo, enanos de corte, bufones, monstruos de la naturaleza nos llamaban. Éste fue el origen de nuestras desgracias, por eso estamos aquí, quietos, estáticos y enmarcados. Circunscritos al abandono eterno de las dos dimensiones, con la expresión congelada por los trazos de óleo por los siglos de los siglos. Velázquez, créanlo, con toda su chunga sevillana, en el fondo, nunca nos quiso bien.

    22.4.09

    Ratones Coloraos (Los duetos toman el blog)

    Los ratones coloraos se miraron entre sí y uno de ellos le hizo un gesto de complicidad a su compañero, recogieron la mesa, despacharon con cajas destempladas a los clientes y echaron a andar calle abajo, lo suficientemente deprisa como para no levantar sospechas pero tan rápido como sus piernas les permitían. De vez en cuando alguno de ellos miraba por encima del hombro para comprobar si algún malvado gato les perseguía. Ya conocían como se las gastaba García, era este un felino sin más pedigree que su propia mala leche y sin otra misión en esta vida que amargar la existencia a ratones honrados como ellos.
    A cierta distancia iban tras ellos un par de gatos jóvenes, recién salidos de la academia, eso era evidente, si lo sabrían ellos. Por lo que decidieron girar la siguiente calle a la derecha y luego echar a correr, para decidir esto tan solo bastó un imperceptible gesto, el justo y necesario después de años de huidas como aquella. Giraron por fin y cuando apenas llevaban 10 metros por la nueva calle, de un portal saltó ante ellos un gato furioso, pudieron reconocer al instante los bigotes relamidos de García, se dieron la vuelta inmediatamente pero ya era tarde, allí estaban los dos novatos de antes. Esta vez, estaban atrapados. García serían implacable con ellos, pero siempre les quedaba la esperanza de que si ellos realmente no eran ratones coloraos, aquellos tres gatos no fuesen policías de la brigada central.

    16.3.09

    Diálogo en el 7

    - Manuel, ten cuidado. Este me da mal fario.
    - Calla, ¡qué dices!
    - Además, mira de través, ya sabes lo que significa. Cuidado por la izquierda.
    - No seas cenizo, todos miran, de una u otra forma, como las personas y eso no quiere decir nada. Cada día estás más pesimista.
    - Lo que ocurre es que cada día lo llevo peor.
    - Qué quieres, el oficio es así, tú lo sabes. Esto es lo que me gusta hacer, es lo único para lo que sirvo.
    - Sí, sí, no empieces. Ya sé que es tu vida y bla, bla, bla. Tendré que dejarlo yo y quedarme en casa, rezando y esperando una llamada, deseando con todas mis fuerzas que seas tú quien la haga. No puedo estar aquí, fingiendo ser uno más.
    - No vengas ahora con lo de siempre, no es momento. No te hagas la víctima, ahora no, por favor. Tengo que salir. Luego hablaremos, cuando acabe, cuando acabemos, en el hotel.
    - Está bien, pero ten cuidado... sabes que te quiero.

    Manuel miró al cielo azul de la tarde de agosto y salió a la arena. Lentamente, meciendo su cuerpo, mostrándose obscenamente delante de su enemigo, arrastrando los pies. Llegó al centro, clavó los pies y se dispuso a recibir al toro, por la izquierda. A lo lejos un grito llegó hasta él, pero ya no pudo distinguir lo que decía.